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המחלקה לחינוך יהודי-ציוני, חטיבת האופק, תחום ליווי שליחים א' בחשון תשס"ז, 23 באוקטובר 2006


“NO MATARÁS” – A 11 AÑOS DEL ASESINATO DE RABIN

por Rimon Kasher

“No contaminéis, pues, la tierra donde habitáis, en medio de la cual Yo habito”.
© אתר מרכז יצחק רבין לחקר ישראל

La inclusión de la prohibición “no matarás” en los Diez Mandamientos implica que quien no la cumpla se autoexcluirá de quienes han sellado el pacto con D’s. Lo que falta en el imperativo categórico de los Diez Mandamientos se complementa con otras enunciaciones de la Biblia, que añaden argumentos y restricciones. Así, por ejemplo, la Biblia fundamenta la prohibición de derramar sangre señalando que todas las personas fueron creadas a imagen de Dios: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre” (Génesis 9:6). Otro argumento surge de la porción Matot-Masaei, según la cual la sangre derramada contamina la tierra: “porque esta sangre amancillará la tierra” (Números 35:33). De esta manera, la impureza amenaza la continuidad de la presencia de Dios en el seno de Israel: “No contaminéis, pues, la tierra donde habitáis, en medio de la cual Yo habito” (ibíd., 34).

La Biblia se preocupa por arraigar firmemente en el pueblo judío la idea de la santidad de la vida, y lo hace a través de la negación de las costumbres habituales. Así, por ejemplo, se prohíbe rescatar con dinero la vida de un asesino: “Y no tomaréis precio por la vida del homicida” (ibíd., 31). Esto contradice las prácticas habituales en el Antiguo Oriente.

Al igual que el Pentateuco, los Profetas y los Hagiógrafos no cesan de poner de manifiesto su profundo rechazo al asesinato. El profeta Ezequiel se mofa de quienes permanecieron en el país después de la destrucción y sostienen su posesión de las tierras, acusándolos, entre otras cosas, de derramamiento de sangre: “¿Comeréis con sangre, y a vuestros ídolos alzaréis los ojos, y derramaréis sangre y poseeréis vosotros la tierra? Estuvisteis sobre vuestras espadas, hicisteis abominación y contaminaréis cada cual a la mujer de su prójimo, ¿y habréis de poseer la tierra?” (Ezequiel 33:25-26). Más aún: el profeta repite dos veces la acusación referida al derramamiento de sangre: (“derramaréis sangre y estuvisteis sobre vuestras espadas”), para enseñarnos qué terrible le parecía ese fenómeno.

También el autor del Libro de las Crónicas manifiesta su actitud ante el derramamiento de sangre. Le resulta difícil explicar el hecho de que el Rey David, a quien considera una imagen ideal, no haya sido autorizado a construir el Templo. A diferencia del autor del Libro de Samuel, que lo atribuye a un error teológico de David, y del autor del Libro de los Reyes, que lo explica por las ocupaciones militares de David, el autor de las Crónicas explica que el Templo no fue construido por David porque fue un guerrero que derramó mucha sangre: “Tú no me edificarás casa en que habite, porque eres hombre de guerra y has derramado mucha sangre” (I Crónicas 20:8; véase también 28:3). Préstese atención al hecho de que el Libro de las Crónicas no critica a David por sus guerras (pero véase ibíd. 16:9), pero no hay guerras sin derramamiento de sangre, y esto no se compadece con la construcción de la Casa de Dios. Más aún, no estamos hablando aquí del asesinato de judíos, sino de una guerra (que puede ser justificada) en la que cayeron tanto judíos como no judíos.

En la literatura judía posbíblica se pueden descubrir diversas ampliaciones de la prohibición “no matarás”, en diferentes sentidos: argumentos racionales para la prohibición, la percepción de su extrema gravedad y su ampliación.

En cuanto a los argumentos, cabe mencionar las bellas palabras de Filón de Alejandría, que señalara en su texto sobre los Diez Mandamientos: “El segundo imperativo es el de no matar. Porque la naturaleza que ha hecho al hombre como el ser vivo más dócil y sociable, que vive en comunidades, lo invita a la comunión de los corazones y a la cooperación. Quien mate a un hombre debe saber que transgrede las leyes de la naturaleza y sus estipulaciones, legisladas en bien y en provecho de todos. Pero también debe saber que es culpable de fraude, porque se apropia del bien más sagrado de Dios”. En opinión de Filón, el hombre es por naturaleza un ser social, y cualquier lesión fatal vulnera la cooperación entre los seres humanos. Más aún: cuando se afecta a un ser humano se vulnera la más sagrada de las criaturas divinas.

Rabí Seadia Gaón expone otro argumento en su texto Selección de creencias y opiniones (3, 2): “Sabio es evitar el asesinato entre los seres humanos para que no haya una situación de anomia y para que no se exterminen entre sí”. En otras palabras, el asesinato pone en peligro la misma existencia de la sociedad humana toda.

Con respecto a la gravedad del homicidio, se pueden mencionar varias citas atribuidas a nuestros sabios, que confieren al derramamiento de sangre una dimensión teológica sorprendente. Así, por ejemplo, oímos decir en nombre de Rabí Akiva que “quien derrama sangre arroja sobre sí el dicho de que actúa como si minimizara su imagen” (Génesis 34:14), y de manera similar en Mejilta de Rabí Ishmael: “Dice ‘Yo soy tu Dios’, y frente a eso ‘No matarás’. El texto señala que quien derrama sangre actúa como si minimizara la imagen del Rey”. En otras palabras, quien lesiona mortalmente a alguien creado a imagen de Dios, es como si vulnerara al mismo Creador.

En cuanto a la aplicación más amplia de la prohibición “No matarás”, ya se encuentra testimonio de ello en la conocida mishná que señala: “Por eso el hombre ha sido creado solo, a fin de enseñarnos que quien pierde una sola alma hace recaer sobre sí el dicho de que es como si hubiera causado la perdición de un mundo entero”. Las afirmaciones de la mishná no dan lugar a equívocos: quien mata, sea cual fuere el origen del muerto, “es como si hubiera causado la perdición de un mundo entero”. Podemos tomar conocimiento con otra clase de ampliación de esta prohibición en las traducciones eretzisraelíes de los Diez Mandamientos, que amplían la prohibición de “No matarás” no sólo al mero derramamiento de sangre, sino aun a la ayuda ofrecida al homicida: “Mi pueblo, los hijos de Israel, no serán asesinos, ni amigos ni compañeros de asesinos”. En otro sentido se expresó Rabi Abraham Ibn Ezra, para quien un “asesino” no es sólo quien mata con sus propias manos, sino también quien no impide un homicidio.

Ante todas estas manifestaciones, cabe denostar con toda firmeza a quienes expresan en privado su comprensión ante la “angustia” que condujo al asesinato de Yzhak Rabin a manos de Ygal Amir, y al asesinato de decenas de creyentes palestinos a manos de Baruch Goldstein. Esas personas no perciben que dicha comprensión es un arma de doble filo: así se podrá “comprender” también la angustia de quienes perpetran atentados desde el otro bando. La formulación del imperativo categórico “No matarás” está destinada a impedir “comprensiones” de este tenor. Contra esa clase de comprensiones en nombre del “amor a la patria” se manifiesta la afirmación de nuestra porción semanal: “Y no contaminaréis la tierra donde estuviereis, porque esta sangre amancillará la tierra”.

El Prof. Rimon Kasher es docente del Departamento de Biblia de la Universidad Bar Ilan y decano de las bibliotecas de dicha casa de estudios. Uno de sus ámbitos de investigación es el de la literatura profética de fines del Primer Templo y comienzos del Segundo. Recientemente ha publicado un comentario en dos tomos al Libro de Ezequiel, como parte de la serie La Biblia para Israel.


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