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המחלקה לחינוך יהודי-ציוני, חטיבת האופק, תחום ליווי שליחים א' בחשון תשס"ז, 23 באוקטובר 2006

¿Rescatar a nuestros hijos implica someternos al terrorismo?

¿La necesidad de preservar la capacidad disuasoria y el temor a más secuestros superan el precepto de rescatar a los prisioneros? ¿La preocupación de una familia justifica el golpe infligido a otra? El padre de Benny Abraham z”l confronta con el director general de la Organización de Víctimas del Terrorismo.


por Haim Abraham

Era el sábado el 7 de octubre de 2000 por la tarde, cinco meses después de la salida del Ejército de Defensa de Israel del sur del Líbano. Se oyó un golpe suave y silencioso, mi esposa Edna abrió la puerta y vio a un oficial y dos acompañantes. De inmediato preguntó: “¿Qué ha pasado con nuestro hijo?” No está herido, no está muerto, nada; sólo ha sido secuestrado. Desde aquel día maldito nuestra vida se ha convertido en un infierno con final conocido. En el fondo de mi corazón esperaba que mi hijo Benny Abraham y sus compañeros, Omar Swaad y Adi Avitan z”l, fueran los últimos soldados caídos de Israel, pero estaba errado. En estos tiempos en los que Guilad Shalit, Ehud Goldwasser y Eldad Reguev son retenidos por organizaciones terroristas, retornan los sentimientos de pavor, como si todo eso nos volviera a suceder a nosotros: la angustia, la impotencia, el dolor y la incertidumbre por su destino.

Durante tres años y medio Hezbollah se rehusó a suministrar información sobre el destino de los soldados y se ensañó con las familias por medio de información ambigua, incrementando así su dolor. Ni las organizaciones humanitarias, ni los líderes políticos, ni los parlamentarios del mundo ni los moralistas pudieron ofrecer soluciones al secuestro de nuestros hijos. Después de negociaciones prolongadas a través de intermediarios alemanes, encabezadas por el general de reserva Ilan Biran, nuestros hijos fueron liberados para retornar a sus hogares desde el cautiverio.

Durante 18 años chapoteamos en el pantano libanés, en un país conflictuado y controlado por grupos enfrentados por el mercado de drogas de la región, con el aliento de Irán y Siria, países definidos como “el eje del mal” del terrorismo internacional. En los largos de años de permanencia del ejército israelí en El Líbano, varias veces resultaron secuestrados y apresados soldados con el objeto de usarlos como carta de negociación. La liberación siempre tuvo lugar después de arduas tratativas con las organizaciones terroristas, y el logro de los objetivos implicó siempre la liberación de terroristas.

Es obvio que la liberación de terroristas que han perpetrado crímenes graves es un duro golpe para la disuasión israelí y para sus objetivos, pero se plantea el difícil interrogante de si existe otra vía para lograr el regreso de nuestros hijos. No olvidemos que son enviados por el Estado y que nuestro deber moral con ellos es un valor supremo en una sociedad que lucha por su existencia desde hace más de un siglo.

Nuestros soldados, imbuidos de una alta motivación y firmemente decididos a cumplir con cualquier misión que se les imponga, deben sentirse seguros de que tanto nuestros timoneles como el pueblo en general los respaldarán en cualquier situación peligrosa que deban enfrentar. Deben saber que serán rescatados sanos y salvos. Una sociedad que cree en la justicia de la senda asumida y que se asienta en valores y principios debe marchar hacia el manantial en el que abrevamos esa fe, mirarlo y comprobar que el precepto de rescatar a los cautivos es absolutamente prioritario. Maimónides señaló que “no hay otro precepto que anteceda al de rescatar a los cautivos, porque el cautivo forma parte de los hambrientos, sedientos y desnudos, y corre peligro de muerte”. La tradición judía considera al cautiverio como la peor situación, y quien posterga aunque más no fuere por una hora el rescate de un cautivo, es como si derramara su sangre. Para rescatar a los cautivos se puede aun usar el dinero destinado a beneficencia o a la construcción de una sinagoga, se puede hasta vender un Rollo de la Torá.

Por detrás de todos nuestros soldados cautivos y desaparecidos, incluidos Zecharia Baumel, Yehuda Katz, Zvi Feldman, Ron Arad y Gay Hever, hay familias preocupadas y angustiadas que desconocen el destino de sus hijos, que son también los nuestros, y que esperan su pronto regreso a sus hogares. Nuestras acciones deben ser cautelosas y prudentes, para no caer en la trampa que nos tiendan las organizaciones terroristas, no entrar a pozos indeseados de negociaciones y no destruir la capacidad disuasoria. Aun así, el retorno de nuestros hijos es un valor supremo.


por Meir Eindor

Los números hablan por sí mismos: el 80 % de los liberados de las cárceles han vuelto al circuito terrorista. Catorce atentados suicidas han sido perpetrados por terroristas liberados. Los dos terroristas que asesinaron a una judía que creía en la paz y que trabajaba como traductora en Jerusalén oriental, habían sido liberados en el “acuerdo de Djibril”, en el que fueron liberados 1.160 terroristas, entre ellos algunos especialmente sanguinarios como Kozo Akumoto. La madre de Yoske Grop, que estuvo en cautiverio, recibió a su hijo en su hogar junto con otros cuatro prisioneros después de una lucha muy difundida y enérgica ante todas las autoridades y a todo nivel, y cientos de personas pagaron el precio de sus vidas o sus cuerpos malheridos cuando esos mismos terroristas organizaron la primera Intifada y se convirtieron en la estructura organizativa de las grandes oleadas terroristas desatadas después de los Acuerdos de Oslo. Cuando Nassrallah dijo que somos una sociedad de telas de araña, quiso decir, entre otras cosas, que en Israel no hay justicia ni jueces: los terroristas siempre quedan libres, y la voz de una madre hace trastocar el orden mundial. ¿El precio pagado fue el adecuado?

Desde la liberación de Elhanan Tenenbaum han aumentado los secuestros, y desde la restitución de cadáveres a cambio de terroristas, también los cadáveres se han convertido en parte del comercio libanés. Apenas culminaron las tratativas con Nassrallah para intercambiar cadáveres por terroristas, éste empezó a hablar de nuevos secuestros. Los indicios eran muy claros aun antes de cerrar el trato, pero nos dijeron (a los activistas de Almagor, las víctimas del terrorismo que han perdido a sus familiares o han resultado heridos) ¿quién puede mirar a los ojos de los padres de los soldados secuestrados?

Ha llegado el momento de preguntar: ¿Y quién mirará a los ojos de las familias de las víctimas del terrorismo, afectadas por los últimos secuestros? ¿Quién mirará a los ojos de los civiles anónimos que andan por las calles, cuyos nombres aún no conocemos, que serán las próximas víctimas de secuestros y atentados? ¿Quién mirará a los ojos de los padres de los asesinados, cuando vean a los terroristas liberados masivamente haciendo la señal de la victoria, sonriendo a diestra y siniestra y abrazando a sus familias, mientras sus seres queridos yacen bajo tierra?

Aun el legislador moderno ha entendido que para rehabilitar a las víctimas se les debe mostrar que se hace justicia. Por ello le ha conferido un lugar en la Ley para las Víctimas de Delitos, que permite a los afectados comparecer, solicitar castigos severos y efectuar el seguimiento de su cumplimiento. Hoy en día resulta obvio que, como parte de la rehabilitación psicológica de los afectados, éstos deben comprobar que sus atacantes cumplen efectivamente sus condenas. También en la antigua ley bíblica existía la figura jurídica del “redentor de la sangre”, que permitía y confería legitimidad al reclamo de los familiares de que se castigara a quienes habían atacado a sus seres queridos. La aspiración a la justicia se pone de manifiesto en el Libro de los Números, en el imperativo de “no contaminéis, pues, la tierra donde habitáis”, que significa que la tierra no puede tolerar el derramamiento de sangre inocente, y que la sociedad debe castigar a quienes la atacan. El agresor no puede comprar su exención de castigo aunque sea extremadamente rico. Por eso, resulta inconcebible que la sociedad israelí libere a quienes cometen delitos por la nueva violencia que ellos y sus aliados ponen de manifiesto, aunque sean árabes.

Antes era difertente. El difunto Prof. Yuval Neeman me relató que, cuando era subjefe de los servicios de inteligencia, había prisioneros israelíes en poder del enemigo. Él no accedió a encontrarse con los padres de los prisioneros, para no verse sometido a presiones emocionales. Después de un tiempo los prisioneros fueron liberados sin rendirse a las presiones, después de los secuestros ejecutados en respuesta por Israel. Hubo un judío que no se sometió a las presiones, pero pagó por ello con su libertad y con su vida: el gran rabino y maestro de Rotenberg, líder judío en Europa entre 1215 y 1293, que fue secuestrado y apresado, y por cuya liberación se pidió un rescate altísimo. Aunque los judíos recaudaron los fondos necesarios, él dictaminó que no debían liberarlo, porque supuso que la liberación en esas condiciones daría lugar a nuevos secuestros. Murió en la cárcel, y la leyenda dice que ordenó que su cuerpo no fuera rescatado después de su muerte, por esa misma razón. Ante el importante precepto de rescatar a los cautivos, estipuló que no se debe abonar un rescate excesivo, antigua norma talmúdica establecida en tiempos en los que abundaban los secuestros y el pago de rescates.

En los tiempos que corren, en los que los padres envían a sus hijos a luchar, y a veces a morir o resultar heridos, en combates contra cuatro terroristas, se debe ser más que necio para liberar a cientos de terroristas. ¿Quién se atreverá después a enviar soldados al combate, cuando cientos de terroristas apresados después de grandes esfuerzos y sacrificios son liberados para regocijo de las organizaciones terroristas?

Haim Abraham es el padre de Benny Abraham z”l, secuestrado por Hezbollah, cuyo cadáver fue devuelto en un intercambio de prisioneros.

Meir Eindor es coronel (de reserva), víctima del terrorismo y director general de Almagor, la Organización de Víctimas del Terrorismo.



באדיבות 'זירת פיוס' – מדור משותף ל'ynet' ולקרן 'אבי חי'

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