por el Rabino Menahem Fruman, rabino de la población
de Tekoa
La gente de izquierda que se estremece al ver a un judío religioso que se regocija con la muerte de un malvado, representa en realidad un nivel espiritual más elevado. Precisamente esos laicos exponen el punto de vista de Dios, que no se complace con la caída de los malvados.
B"H
El interrogante sobre si resulta adecuado regocijarse con la derrota del enemigo aparece explícitamente en Job; también nuestros sabios, de bendita memoria, profundizaron en su análisis. En mi modesta opinión, el estudio de la Biblia no implica la adquisición de verdades ni la obtención de respuestas, sino la formulación de una pregunta suprema y el desarrollo de la sensibilidad ante la complejidad de la existencia humana.
A fin de contribuir con el desarrollo de dichas sensibilidades, quiero analizar una cuestión talmúdica que empieza con un versículo del Deuteronomio: "Y sucederá que lo mismo que Dios se complacía en haceros favor [cuando hacíais lo correcto]… así se gozará en perderos [cuando os comportáis de manera incorrecta]". El versículo se refiere al pueblo judío, cuando pecamos y somos malvados, y de él se desprende la clara impresión de que Dios se complace en castigar a los malvados, tal como dice: "con la perdición de los malos grita de alegría".
La Guemará expone una postura diferente, que se contrapone a la anterior, y plantea una pregunta retórica: ¿Dios se complace realmente con la caída de los malvados? ¿Es posible? Cita dos fuentes de la que se desprende que ello no es así. La más conocida es la tradición según la cual, cuando los egipcios se ahogaron en el Mar Rojo, esos mismos egipcios que habían esclavizado y mortificado al pueblo de Israel, arrojando sus hijos al Nilo, Dios no se regocijó con su caída. Y cuando la cohorte de ángeles quiso cantar ante Él, Dios los reprendió: "Mis criaturas se ahogan en el mar, ¿y vosotros cantáis?"
Y entonces, ¿qué? El Talmud expone ambas posturas contrapuestas sobre la posibilidad de regocijarse con la caída de los malvados. ¿Pueden ser compatibles? El Talmud responde: "Él [Dios] no se regocija, pero a otros [los seres humanos] les permite regocijarse". Es decir, la alegría de los seres humanos ante la caída de los malvados es una reacción natural y humana, que no debe ser denostada. Tal como lo relata el midrash, cuando los hijos de Israel se detuvieron a orillas del Mar Rojo y vieron que los egipcios se ahogaban, se regocijaron al ser testigos de la caída de sus enemigos. Se puede inferir del Talmud que existe una justificación para aquellos judíos que, al oír la noticia sobre la muerte del enemigo, se congratularon y aun alzaron una copa; ésa es una reacción natural y sana, porque el enemigo era culpable del derramamiento de la sangre de más de mil hijos de nuestro pueblo.
Pero existe un nvel más elevado, aquél que el Talmud atribuye a Dios. Todo ser humano es un ser humano, cualquier muerte es una muerte; la muerte de un ser humano nunca suscita alegría.
Las palabras del Talmud concuerdan con la concepción del Rabino Kuk acerca de la relación de los laicos y los religiosos. El Rabino sostenía que en custiones cruciales, el sector laico demostraba un nivel espiritual más elevado que el sector religoso. Éste último –por supuesto, en términos generales– es más fuerte en el ámbito de la enmienda; vive de acuerdo con normas sanas y naturales, es portador de valores y un orden de vida que implican una bendición. Pero la gente de izquierda que se estremece al ver a un judío religioso que se regocija con la muerte de un malvado, representa en realidad un nivel espiritual más elevado. Precisamente esos laicos exponen el punto de vista de Dios, que no se complace con la caída de los malvados.
Ésta es la ocasión de analizar la expresión "almas nobles". Aparentemente es un gran elogio decir que una persona tiene nobleza de alma: eso significa que es delicada y sensible, que es consciente de la tragedia y la insoluble problematicidad de la existencia humana. Pero esta concepción, precisamente por su elevada espiritualidad, puede destruir la existencia natural y sana. Quien no sabe que el enemigo es el enemigo, puede pagar un precio muy alto. Dios habrá de orientarnos con respecto a la proporción adecuada entre la salud natural y la espiritualidad divina: en qué sentido es correcto regocijarse con la caída del enemigo, y en qué sentido es acertado oír el consejo del más sabio entre los hombres: "No sea que lo vea Dios y le desagrade" (Proverbios 24:17-18).