Por Ayala Glücksberg
En las plegarias de las festividades decimos: "Nos has elegido entre todos los pueblos". ¿Nuestra designación como pueblo elegido es a perpetuidad, o debemos renovarla periódicamente? ¿Es bueno ser un pueblo elegido, o se trata de una dificultad enorme? De manera similar a la pregunta de nuestros sabios sobre si es bueno para el ser humano haber sido creado, o si no es bueno, también en este caso se trata de un análisis filosófico, y la realidad que demuestra nuestra existencia individual y nacional es más fuerte que cualquier debate.
A pesar del gran compromiso que implica el cumplimiento y la preservación de la Torá, todos aceptan que la festividad más fácil es precisamente la de Shavuot, "el tiempo de la entrega de la Torá", que tiene un solo día de duración (en la diáspora se agrega un segundo día), a diferencia de las festividades que duran ocho días. Los preparativos para las otras dos festividades son numerosos y nada sencillos: la construcción de la sucá, la compra de las cuatro especies antes de la fiesta y el traslado desde la casa a una vivienda temporaria durante el transcurso de la fiesta son conductas que implican un auténtico cambio en nuestros hábitos cotidianos; para no hablar de Pesaj, que requiere la preparación de la casa, su limpieza a fondo y el reemplazo de todos los utensilios de cocina durante los días festivos; las matzot que reemplazan al pan con levadura y el gran cuidado que se debe dedicar al cumplimiento de las normas de esta fiesta, en el sentido de "no será visto" y "no habrá". Todas estas acciones ejercen una gran influencia sobre el alma humana.
A diferencia de ello, en la festividad de Shavuot comemos lo que queremos cuando queremos: alimentos lácteos o cárneos, dentro de la casa o a la sombra de un árbol. Si bien el día de la entrega de la Torá no implica preparativos técnicos, físicos o culinarios especiales, tiene un significado muy especial y durante 49 días nos preparamos espiritualmente para este momento, el día de la entrega de la Torá. Los días del recuento del Ómer, que conectan a Pesaj, el tiempo del éxodo de Egipto, con Shavuot, el tiempo la entrega de la Torá, son días de ascenso gradual a nivel espiritual.
Los preparativos para Shavuot son espirituales, y la influencia de ese día no cesa durante todo el año. A cada momento volvemos a asumir el peso del Reino de los Cielos. El aspecto central no radica en la comida ni en las facetas materiales de la vida; la comida es sencilla: alimentos lácteos.
¿Por qué se ingieren alimentos lácteos? Un midrash popular lo explica señalando que al momento de la entrega de la Torá no se observaban las normas de la kashrut; cuando se entregaron las normas en el Sinaí se requirió un lapso de organización, a fin de aprender los principios del faenamiento ritual, etc. La comida láctea resolvió el problema.
En nuestros tiempos, hay quienes dicen que después de una comida cárnea no se puede permanecer despiertos de noche para recibir la Torá y estudiarla, y que por eso se ingiere una comida láctea que es liviana y no produce sueño.
Los alimentos permitidos y prohibidos constituyen uno de los aspectos centrales de la peculiaridad del pueblo judío y de su diferenciación de los otros pueblos. "La que protegió a nuestros padres y a nosotros, porque en todos los tiempos hubo quienes se alzaron contra nosotros para exterminarnos, pero el Santo Bendito Sea nos salvó de sus manos". Nuestros sabios dicen sobre ese versículo, pronunciado en la noche del séder al describir la salvación del pueblo judío: La copa que sostenemos en la mano simboliza la separación entre nosotros y los otros pueblos; nosotros no bebemos su vino ni ingerimos su comida. Esta copa de vino puro es la que nos preserva y defiende.
Sobre el cumplimiento de los preceptos en general se dice: "Guárdalos pues y cúmplelos, porque en ello residirá vuestra sabiduría ante los ojos de los demás pueblos, que al tener conocimiento de tales estatutos dirán: Por cierto es un pueblo sabio e inteligente" (Deuteronomio 4:6).
Los preceptos abarcan todos los ámbitos de nuestra vida, desde el nacimiento hasta la muerte. Hay preceptos estacionales y preceptos cotidianos, hay preceptos vinculados sólo con determinados grupos, como la bendición de los sacerdotes, que compromete sólo a los sacerdotes, o el rescate del hijo, que rige sólo para el hijo mayor. Pero las leyes vinculadas con la comida son cotidianas. Las normas cárneas y lácteas, y la separación entre ambas rigen en la vida corriente.
Las normas de lo permitido y lo prohibido en la ingestión de carne son claras: qué animales son puros y cuáles no. Una vez elegido el animal puro, se requiere una preparación antes de comerlo; para eso existen las leyes del faenamiento ritual, el remojo y el salado. ¿Cuál es el sentido de todas estas normas? Nuestros sabios dicen: "¿Qué le importa al Santo, Bendito Sea, si se faena al animal por el cuello o por la nuca? Así, los preceptos no han sido dados a Israel sino para purificar con ellos a los humanos, tal como dice: "La palabra de D's es pura" (Bereshit Rabá 44, a).
En nuestros días, en los que existe una conciencia cada vez mayor de la influencia de la comida sobre el alma, se refuerza también la conciencia sobre la importancia de las normas judías de kashrut. La idea de que no se puede comer de todo, y que aun lo que es comestible requiere una preparación nos educa par la contención. Con respecto a ésta última, el Rabino Israel Salant hizo un comentario importante: Así como somos cuidadosos con lo que introducimos en nuestra boca, también debemos cuidar lo que hacemos salir de ella; es decir, el individuo debe ser tan cauto con lo que dice como con lo que come.
La Dra. Ayala Glücksberg, esposa del Gran Rabino de Guivataim, es docente de filosofía y autora de los libros La mujer vale más en el judaísmo y Abrir una ventana. Hasta hace poco era asesora de la Autoridad para la Promoción de la Posición de la Mujer en la Oficina del Primer Ministro. Fue columnista en el periódico Maariv.