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¿MARIMONIO RELIGIOSO O UN VIAJE A CHIPRE? |
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Por Avri Guilad
A la mayor parte de la gente que conozco, la ceremonia religiosa no le dice nada a nivel afectivo; sobrevuela por encima de ellos, que se sienten como extras en una filmación. ¿Por qué haría de casarnos un rabino?
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| No se habla de los porcentajes de divorcios. |
En primer lugar, no tengo una postura tomada. No estoy a favor del matrimonio civil ni en contra del matrimonio religioso; estoy a favor de que cada uno haga lo que más le convenga.
Hay mucha gente a la que el matrimonio religioso ya no le dice nada, por razones conocidas: es una ceremonia que en parte se realiza en arameo, no la comprenden y no se conectan con ella; no a todos les resulta acuciante elevar a Jerusalén por encima de todas sus alegrías, ni recordar la destrucción del Templo, ni convertir a la mujer en propiedad del varón. No es ése el mundo de contenidos que habla a muchas parejas de nuestros días.
Además de eso, hay gente a la que no le gusta que el establishment rabínico injiera en sus vidas, porque ya conocen esa forma de injerencia en otros ámbitos, en los que no tiene lugar precisamente de manera delicada, sino generalmente, compulsiva. El procedimiento de matrimonio religioso incluye muchos elementos coercitivos: la inmersión en el baño ritual, la conversación con la rabina y otras cuestiones que no guardan ninguna relación con un estilo vida totalmente laico, y que por eso generan un rechazo absoluto en mucha gente.
Otro aspecto del que no se habla abiertamente es, por supuesto, el de los altos porcentajes de divorcios. Quienes se casan saben internamente que existe la posibilidad de divorciarse después de un tiempo, y quieren simplificar los procedimientos. Y si el matrimonio no está oficialmente reconocido, tampoco hace falta un divorcio concreto (recomiendo fervorosamente firmar acuerdos económicos, aunque parezca una actitud de desconfianza y desamor).
Pero la cuestión crucial, en mi opinión, es que la ceremonia religiosa no se ocupa específicamente de cada pareja, sino que las introduce en el conglomerado de parejas judías. Quienes piensan que precisamente en eso radica la belleza del asunto, merecen mi respeto y aprecio, pero para mí lo más importante en las ceremonias civiles y alternativas es que ubican a la pareja en el foco; no el pueblo judío ni la capital de Israel, sino ante todo a cada pareja específica que contrae matrimonio. En ese día especial, la gente quiere que hablen con ella y de ella, y no de algo que sobrevuela por encima de sus cabezas y no los incluye. A la mayor parte de la gente que conozco, la ceremonia religiosa no le dice nada a nivel afectivo, y se sienten como extras en una filmación. ¿Por qué haría de casarnos un rabino? No nos conoce y no acepta nuestra forma de vida, que incluye la convivencia antes del matrimonio, etc. En el lugar en que debería haber verdad y unión, se genera una distorsión meandrosa y compleja.
Por eso la gente quiere una alternativa. Conmigo hablan muchas parejas que ya han pasado por la ceremonia religiosa en el rabinato, y que ahora quieren otra ceremonia que les diga algo. Las ceremonias que celebro ubican a la pareja en el centro, junto con el amor y la relación que los une; además de eso son entretenidas, a diferencia del fastidio de los rabios religiosos. Mis ceremonias incluyen elementos judíos, bendiciones de las Siete Bendiciones; por ejemplo, en ciertas partes de la ceremonia uso un solideo, pero no entiendo por qué hay que decir a las parejas "al menos un día sean judíos". ¿Quién determina cuándo y cómo hay que ser judíos? ¿Justamente ese día hay que experimentar frialdad y alienación? O cuentas con un trasfondo, y en ese caso te sientes conectado a él, o no lo tienes. Yo prefiero celebrar una ceremonia menos halájica, y no imponer cosas. Con respecto a la situación jurídica de esas ceremonias, es un tema en el que no intervengo en absoluto. Lo que no está reconocido hoy lo estará mañana; de todos modos, ésa no es la cuestión central; al fin y al cabo, se trata sólo de una ceremonia. |
por Haiuta Deutsch
El pacto que conciertan un varón y una mujer es peculiar de ellos, pero también forma parte de un pacto más vasto entre ellos y sus familias, su pueblo y su Dios.
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| Después tienen toda una vida… |
Es un hecho muy lamentable que a la mayor parte de la gente en el mundo no le basta con el amor. Prueba de ello es que, cuando quieren formar una familia, consieran adecuado institucionalizar el vínculo de alguna manera oficial, jurídica, civil o religiosa.
El matrimonio civil, que es una especie de contrato, me pone nerviosa. Me parece que no podría convivir con él y con su mezquindad. El matrimonio civil me humilla y reduce el significado de mis elecciones como persona, porque para mí, el matrimonio es un todo mayor que la suma de sus partes. De otra manera, ¿cómo se podrían afrontar las dificultades que nos impone? Ésa es la razón por la cual me parece esencial la existencia de una tercera parte en este contrato. En mi idioma judío se llama santidad. La mujer se santifica, y él santifica, y por un momento dejemos a un lado el feminismo; ya volveremos a él.
El acto del matrimonio es la consumación de un precepto: el de la población y enmienda del mundo. La formación de una familia es un precepto, el engendramiento de hijos es un precepto. La plabra "precepto" representa algo más grande que cuatro paredes, dos personas y un automóvil. El precepto es la antítesis de un capricho o de una acción rutinaria. El precepto es un pequeño accesorio en un gran mundo de un destino a cumplir. La actitud ante el matrimonio como un precepto ubica a la perja recién formada en una secuencia histórica, con profundidad, pasado y futuro.
Para que dos mundos generen un tercero, hace falta cierta energía de otro lugar, una energía religiosa, una energía de santidad. Formar una familia es como concebir un niño. No basta con la compenetración, hace falta que alguien en el cielo insufle alma al cuerpo de carne y hueso. La palabra adecuada para definirlo es "pacto", el pacto que conciertan entre sí es peculiar de ambos, lleva su impronta personal, pero al mismo tiempo forma parte de un pacto más vasto entre ellos y sus familias, su pueblo y su Dios.
No es necesario un rabino, también se puede concertar un matrimonio sin él. Los testigos son más importantes que él, porque dan fe de que tiene lugar un acto concreto de adquisición. No la adquisición de un cuerpo, Dios nos libre, el varón no adquiere una sierva (aquí está el feminismo), tal como la mujer no adquiere un cajero automático (tal como dice el acta matrimonial, el varón se compromete a cubrir todas sus necesidades). El varón adquiere de la mujer la intimidad. A partir de ese momento, la mujer está prohibida para otro varón, y en los últimos mil años, desde "el anatema de Rabenu Gershom", él también está prohibido para otra mujer. No se trata de una decisión o un contrato que se puede rescindir a cambio de una compensación adecuada, la realidad es la que decide; es una acción judicial rubricada con el sello del precepto y la santidad. Aparentemente, en todas las culturas éste es el punto de partida que envía a las personas que quieren casarse a la iglesia o al cadi. El sistema de compromisos mutuos que asumen el varón y su mujer se refuerza al ser incluido dentro de un sistema de compromisos más elevado, ante otro factor, mayor que ellos dos. Es una clase de proporción imprescindible.
Después tendrán toda un vida para pensar cómo dejar ese factor en sus vidas, para que éstas no se diluyan en un mundo de minucias y pequeñeces, sino que resplandezcan con esa misma santidad, profundidad y sentido que tenían al comienzo. |
Hayuta Deutsch nació en 1960 y creció en Tel Aviv. Es casada, tiene cinco hijos y vive en Gush Etzion. Estudió en el Instituto Terciario de Jerusalén para mujeres, en la Universidad Hebrea, en la Escuela de Cine "Maalah" y en la Universidad Bar Ilan. En 2002-2005 integró el directorio de la Segunda Autoridad de Radio y Televisión, y actualmente dirige la sección de literatura y reflexión del periódico Hazofe y es vicedirectora de Nekuda.
Avri Guilad, nacido en 1962, forma parte del mundo de la radio, la televisión y el entretenimiento israelí. Empezó su carrera en los años ochenta en Galei Zahal (la estación de radio del ejército israelí), y condujo programas de entretenimiento en el Canal 2 desde su creación. Es uno de los presentadores del programa radiofónico "La última palabra" en Galei Zahal. En Israel es bien conocido su interés por el medio ambiente. Suele celebrar ceremonias de matrimonio civil que no son reconocidas por el Estado.
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באדיבות 'זירת פיוס' – מדור משותף ל'ynet' ולקרן 'אבי חי'
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