LA ESENCIA DEL PUEBLO JUDÍO
Por la Nir Greenberg
"¡Mirad cuán bueno y cuán placentero es para los hermanos vivir juntos y unidos!"
Al igual que cualquier israelí promedio, cuando oigo las palabras de este versículo de los Salmos vuelvo automáticamente al jardín de infantes y siento los brazos de mis compañeros sobre los hombros, mientras mi cuerpo se balancea de izquierda a derecha. Por eso, hace muchos años, cuando vi la escena inicial de la película Europa, Europa, en la que un adulto entona esa canción con una seriedad abismal, me sentí un poco confundido y me pregunté: ¿No han podido encontrar una canción más normal para empezar la película? A pesar de ese inicio poco "afortunado", la película en sí, que narra la verdadera historia de Shlomo Perl (un joven judío que se disfrazó de alemán para salvarse del Holocausto y que antes del fin de la guerra llegó a ser alumno de la escuela de la Juventud Hitleriana) me cautivó. En la escena final se ve al auténtico Shlomo Perl, un hombre maduro, con el trasfondo de un paisaje del norte de Israel, que canta "¡Mirad cuán bueno y cuán placentero es para los hermanos vivir juntos y unidos!" Esta vez, después de haber visto el infierno padecido por los judíos en Europa, ya no me sonó ridículo, y lloré al oír las mismas palabras que al principio de la película me habían parecido absurdas. Desde entonces, ésa es una de mis canciones favoritas. Pero, un momento: ¿por qué precisamente "hermanos"? ¿Por qué no: "cuán placentero es para los seres humanos vivir juntos y unidos"? ¿Por qué? Porque hay algo especial en la fraternidad que impera entre los hermanos. Hay algo peculiar en la relación familiar, algo que atraviesa las barreras del tiempo y la distancia, algo que nos hace aceptar a nuestros hermanos como un todo y amarlos a pesar de todo, con un amor incondicional que no depende de nada. Y ésa es precisamente la esencia del pueblo judío. No somos como cualquier otro pueblo surgido de alguna manera, sino una familia gigantesca, los descendientes de padres y madres que vivieron hace miles de años. Y como en cualquier familia, cuando uno se pelea, se pelea hasta el final y no quiere verse con el otro; pero cuando se ama… se ama como a los hermanos. Aunque la situación no parezca esplendorosa en estos días, sabemos que si logramos sortear las brechas, el amor y la unidad serán al menos tan fuertes como el odio y las divisiones que reinan en el presente. En la festividad de Sucot tomamos las cuatro especies y las unimos todas juntas. Esas cuatro especies simbolizan las cuatro clases de personas. El individuo representado por la cidra (etrog) posee sabiduría y realiza buenas acciones (sabor y fragancia); las personas simbolizadas por la palma (lulav) y el mirto (hadas) poseen sabiduría o realizan buenas acciones, y el individuo representado por el sauce (aravá) no posee sabiduría ni realiza buenas acciones (no tiene sabor ni fragancia). A pesar de las diferencias obvias entre las distintas especies, todos seguimos unidos y juntos. Todos conocemos "cidras" y "sauces"; cada uno de nosotros pasa por algunas épocas en las que es "cidra" y otras por las que es "sauce". Con un poco de tolerancia y piedad mutuas, y con la memoria de que todos estamos juntos y unidos, podremos equilibrarnos mutuamente o, en palabras del midrash, "expiarnos mutuamente". Siempre se dice que "no se elige a la familia"; cuando hablamos del pueblo judío, también podemos decir que "no se elige al pueblo". Estamos "atascados" los unos con los otros, y aunque a veces tendemos a olvidarlo, hay muchos voluntarios externos que, con diversas manifestaciones de antisemitismo, nos recuerdan que tenemos un destino en común. Abramos entonces la sucá y el corazón, y aprovechemos esta festividad de Sucot para recibir visitas (ushpizin, en arameo) y para visitar a otros, a fin de conocer a nuestra familia amplia: al vecino con el que nunca hemos tenido ocasión de hablar, a la vecina que en estos últimos días nos parece un poco preocupada. Y para que nuestra familia extendida sienta "cuán bueno y cuán placentero" es, debemos recordar que somos hermanos, y que en nuestra condición de tales debemos aceptarnos los unos a los otros y poner de manifiesto la fraternidad, aunque pensemos que nosotros somos la "cidra" y que nuestro vecino es el "sauce".
Feliz Sucot para todos. |
NO SÓLO EN UN DÍA FESTIVO
Por la Ytamar Handelman Ben-Canaan
"El parámetro de la fe es una inclinación sutil de la delicadeza del alma" (Jazon Ish)
El jasidismo sostiene que la mera narración de anécdotas sobre hombres piadosos en la noche del Sábado es garantía de larga vida y del cumplimiento de los preceptos; con más razón cuando se trata de la velada de alguna festividad judía. Y he aquí que también vuestro seguro servidor, el autor de estas líneas, trae en el morral una pequeña anécdota sobre hombres piadosos. Hace dos años, en los días semifestivos de Sucot, caminaba con mi futura esposa por la calle Sheinkin, de regreso de la vídeoteca Haozen Hashlishit. En la esquina de las calles Sheinkin y Ahad Haam, nuestra mirada se posó sobre un grupo numeroso de jasidim de Belz, que celebraban Simjat Beit Hashoevá junto a la yeshivá. Mi esposa, una nueva inmigrante que nunca había visto ese festejo, para no mencionar a un grupo tan grande de hombres vestidos con capotes, gorros de piel y medias blancas por encima de los pantalones, enmudeció de asombro ante el espectáculo (tiene algunas tendencias colonialistas-orientalistas que la hacen ver a esta región como algo exótico). Yo, algo más acostumbrado que ella, recordé de pronto que nunca le había hecho conocer a mi tío, el hermano de mi madre, el Rabino Avi Aizen de Benei Brak. Volvimos al auto y le dije que debía conocer a mi tío Avi. En ese mismo momento sonó el teléfono celular. Eran las 23.30 h y el Rabino Aizen, con el que no había hablado desde hacía dos años, me llamaba para invitarnos, a mí y a mi futura esposa (a la que todavía no conocía), a que visitáramos su sucá; como si desde Benei Brak hubiera oído lo que yo decía de él en Tel Aviv. Al día siguiente viajamos a su sucá, entonamos las canciones alusivas, aprendimos algunas cosas sobre las cuatro especies y, con ayuda de Dios, acercamos en algo nuestros corazones. Suena como una anécdota minimalista, pero para mí es un auténtico caso de gracia. Un pequeño milagro de Sucot. En términos generales, las festividades, los sábados y las fechas conmemorativas me gustan, aunque generalmente no me atañen de manera directa. ¿En qué habrían de incumbrime? No soy judío en ese sentido de la palabra. Ante todo, aspiro a ser un ser humano. La unidad de los hermanos, las visitas en Sucot y las puertas abiertas en Pesaj son ideas gratas, bellas y queribles, pero yo no necesito festividades que me lo hagan recordar. Baal Shem Tov dijo a uno de sus discípulos: "Lo más ínfimo y ligero que se te ocurra, es para mí más caro que tu hijo único para ti". Para mí, esta clase de frases son más gravitantes que el precepto de "te regocijarás en tu festividad".
Cada día en el que naces, cada parte de tu cuerpo ubicada en el lugar correspondiente y el sol que sigue surcando el cielo, es un día de fiesta. Entonces, ¿por qué señalarlo de manera arbitraria? Porque el ser humano es un animal tribal. Sin la tribu, no recuerda que existe. Yo existo y no necesito que nadie ni nada me lo recuerden, con la excepción de la sonrisa de mi mujer por las mañanas. Y si es un precepto recibir visitas en Sucot y abrir las puertas a todos en Pesaj, ¿por qué hay tanta gente sola y echada en las veredas de Tel Aviv en las vísperas de las festividades? ¿Dónde queda "todos los judíos son mutuamente corresponsables"? ¿Y dónde está "todos los judíos son hermanos"? No está claro. Tal vez hayan quedado atascados en un puente muy estrecho. Personalmente, siempre me he sentido más identificado con "lo más importante es no sentir miedo". Nuestro maestro Jazon Ish señaló en su libro Fe y confianza: "¿Cuál es la ventaja del ser humano bajo el sol si ha sido munido de una boca que habla y un oído que escucha, pero sigue siendo falto de conocimiento y de entendimiento, como un animal, como un toro que come pasto, mientras que la voluntad del Creador del Universo era la de crear un ser humano sabio e inteligente en su mundo, e imponerlo como príncipe de todas las criaturas, e implantar la raíz de la sabiduría en su mente y la planta del saber en su corazón, a fin de que entienda y se instruya en todo lo que existe bajo el sol?" Jazon Ish escribió "todo lo que existe bajo el sol", y a buen entendedor, pocas palabras bastan.
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