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המחלקה לחינוך יהודי-ציוני, חטיבת האופק, תחום ליווי שליחים כח' באלול תשס"ו, 21 בספטמבר 2006

LA TORÁ NOS HACE
¿Más voluntarizados y más sociales, o fanáticos de la religión y la riqueza?


por Shlomo Engel

Recientemente, la Oficina Central de Estadísticas ha publicado los resultados de la encuesta social de 2004, en la que se examina el perfil personal del voluntario israelí. El estudio afrma claramente que entre los judíos, el índice de voluntariado aumenta con el grado de religiosidad, y que por eso el núemro de voluntarios ultraortodoxos y religiosos casi triplica al de los voluntarios laicos. Esta situación es peculiar de la población judía, mientras que entre los no judíos es a la inversa: los cristianos y musulmanes religiosos se voluntarizan menos que sus hermanos seculares.

La principal razón que impulsa a tantos miembros del sector religioso a salir de sus hogares y ayudar al prójimo, es la Ley judía entregada a nuestros antepasados hace unos 3.300 años en el desierto, en la festividad de Shavuot. Esta Ley ha atravesado casi todos los años de la historia humana conocida y ha impartido eternos principios religiosos, sociales y morales a la humanidad toda. Entre ellos cabe mencionar la existencia de un Dios único y abstracto, la superioridad de la moral sobre la fuerza, el sábado, etc. Estos principios han sido también enunciados por otros pueblos, pero sólo la Ley judía ha logrado cristalizar en torno de sí a todo un pueblo que porta el pregón divino a lo largo de su historia milenaria.

Este éxito se basa en dos principios básicos que impulsan al pueblo judío en todo tiempo y lugar, incluidos los numerosos voluntarios religiosos de nuestros días. En primer lugar, el creyente judío debe actuar en el marco comunitario y ncional para concretar su vida religiosa y espiritual. Por eso debe vivir una vida de solidaridad social significativa, y no tiene la posibilidad, en algunas ocasiones preferida en la sociedad liberal occidental, de concentrarse en sí mismo y en sus deseos, de ser individualista y solitario. El segundo principio que rige al creyente judío es el interrogante moral básico: ¿cuál es el deber que he de cumplir? El creyente judío estudia la Biblia y la Halajá para saber cuáles son sus deberes al acostarse y al levantarse, al comer y al hacer sus necesidades y, por supuesto, para saber cuál es su deber con el prójimo. La acción por el prójimo no es un acto de generosidad del judío observante, sino un deber más en una vida en el marco de la Ley judía religiosa, moral y axiológica. En contraposición a ello, el discurso público de un miembro de la sociedad occidental laica gira en torno de los derechos: ¿qué me corresponde recibir de la sociedad y el Estado, cuando mi deber fundamental y casi exclusivo es el de abstenerme de perjudicar al prójimo?

En verdad, existe otro aspecto diferente y amenazador en una vida social basada en el imperativo del deber religioso: la coerción y el fanatismo intransigente ante el atípico y el diferente. El temor ante fenómenos de fanatismo fundamentalista no carece de base de sustentación, tanto con el Hamas y al-Kaida en nuestros tiempos o las Cruzadas y la quema de infieles en un pasado más lejano. No obstante, el miedo a una vida sin Dios es aún más amenazador.

Los dos movimientos más asesinos y violentos de la historia humana fueron, como se sabe, el nazismo y el comunismo. Quienes "mataron" a Dios y lo consideraron, a él y a la moral, como "una conjura judía", causaron en sus breves años de gobierno el asesinato de más personas que desde los albores de la humanidad hasta ese entonces. A diferencia de ellos, la cultura laica liberal occidental educa contra la violencia y el asesinato de cualquier clase, pero precisamente sobre la base del relativismo de una moral sin Dios en dicha cultura, a veces somos testigos de una aceptación casi complaciente con movimientos claramente asesinos en nombre del multiculturalismo, los derechos de todos los hombres, aun los asesinos, la libertad ilimitada, el pacifismo, etc.

A pesar de la impresión violenta, oscurantista y fanática que se suele atribuir a la Ley judía y a los judíos religiosos y ultraortodoxos, estos dos sectores (a excepción de algunos grupos marginales sumamente extremistas) están absolutamente comprometidos (en carácter de precepto religioso) con el pueblo judío todo, tanto religiosos como seculares. Sobre este trasfondo, las numerosas asociaciones de beneficencia creadas por estos sectores ayudan a toda la población, sin distinciones. En Gush Katif se evacuó a miles de habitantes casi sin violencia, porque "un judío no maltrata a otro judío", aunque éste último lo expulse de su casa. Aun los enfrentamientos más duros entre ultraortodoxos se limitan generalmente a gritos y plegarias (el lanzamiento de piedras en sábado es ilegítimo para la inmensa mayoría de los ultraortodoxos, a pesar del resonante eco público que estas acciones generan).

¿La conclusión de todo esto es que la enorme mayoría secular debe convertirse en religiosa? Ciertamente, no. La sociedad judía religiosa ha vivido casi toda su historia milenaria como minoría, y nadie sabe cómo se comportaría esta minoría si fuera mayoría. La Biblia nos enseña que los principios más elevados pueden concretarse mejor en el seno de una comunidad comprometida con ellos. Cuanto más se internalice y arraigue en los corazones de más y más personas este principio de vida comunitaria, mejor será para el estado, para la sociedad y para cada uno de los individuos que la componen.


por Dov Hanin

Vivimos en una sociedad extraña. La injusticia social es evidente: unos pocos obtienen ganancias inconmensurables, muchos se ven arrastrados a la pobreza y muchos otros apenas sobreviven en la dura lucha por la vida. También están en crecimiento las tensiones ambientales de nuestra sociedad: con nuestras propias manos destruimos nuestra base de sustentación, al vulnerar el delicado equilibrio de las condiciones necesarias para la vida humana. No obstante, esta sociedad, con su injusticia social y la amenaza ambiental que la caracterizan, sigue existendo, sobre la base de un acuerdo entre las personas. ¿Por qué llegamos a un acuerdo? La razón fundamental es que no vemos ninguna alternativa mejor. Han logrado convencernos de que el orden social existente es natural, y que de hecho es la única opción posible.

La crítica ambiental-social al sistema social imperante no implica una mirada nostálgica al pasado. No es una propuesta de retroceder, sino una concepción diferente del progreso. Pero la lucha por otra clase de progreso puede y debe basarse en recursos culturales de otras épocas, que pueden ayudarnos a ver que el mundo social actual no es un mundo natual sino un acuerdo histórico, fruto de luchas e intereses. La existencia de otros valores en nuestro pasado implica, en principio, la posibilidad de que también sigan existiendo en el futuro.

Nuestro Libro de los Libros está pleno de diversos valores y concepciones totalmente diferentes del mundo social actual. En lugar de consagrar el valor del lucro, la idea central de la Biblia es precisamente la de la enmienda, tanto del hombre como del mundo. En lugar de la carrera para alcanzar logros, la contención es un valor central en la Biblia. El día de reposo semanal es una idea revolucionaria de justicia social, un principio en defensa del trabajador: el sábado es una pausa en la carrera del trabajo y el consumo. El Día del Perdón es el "día sin automóviles" por excelencia. Las normas que indican dejar parte de la cosecha para los pobres constituyen un ejemplo antiguo de legislación en pro de la justicia social: fijar límites claros a las ganancias de los ricos en bien de los más pobres de la sociedad. Los ciclos de condonación de deudas detallados en el Pentateuco son mecanismos de justicia distributiva. El principio del año sabático se opone rotundamente a la maximización de las ganancias que ocupa el foco de la economía actual.

El Rabino Shimshon Refael Hirsch, fundador de la neo-ortodoxia en Alemania en el siglo XIX, señaló que según la Biblia, está prohibido que una persona domine despóticamente a otros Hirsch distinguió en la Bilia entre las "leyes" que se ocupan de "la justicia con la tierra, la flora y la fauna" (Igrot Tzafon 10) y las "normas" que se ocupan de la justicia con los seres humanos, que incluyen las siguientes exigencias morales: …"Respeta su reclamo [del prójimo, D.H.] de la verdad, su derecho a la libertad, a la alegría del vivir, a la dignidad y la paz; nunca te aproveches de su debilidad física, anímica o espiritual; nunca abuses del poder que la ley te confiere sobre él" (Igrot Tzafon 11).

El Libro de los Libros ofrece otro modelo de vida digna, y rechaza la idea del hombre como un ser egoísta que sólo aspira a incrementar sus ganancias. Ciertamente, una sociedad en la que el lucro es el único dios, el Libro de los Libros propone un sistema de valores subversivo, una concepción diferente de lo que es digno para la sociedad y el individuo. Ésos son valores del pasado, y justamente en la lucha por un futuro diferente resulta crucial saber cómo reconectarnos con ellos.

Dov Hanin es parlamentario por el partido Hadash. Es jurista y doctor en ciencias políticas, activista en la defensa del medio ambiente y de la justicia socioeconómica. Es miembro de la Comisión Parlamentaria de Interior y Medio Ambiente, y de la Comisión Parlamentaria por los Derechos del Niño, y preside el lobby ambiental-social en la Kneset.

Shlomo Engel es periodista, especialista en alta tecnología y poseedor de una vasta formación judaica, que incluye la ordenación rabínica. Su libro El trabajo del corazón es la plegaria ha sido editado por la Agencia Judía.



באדיבות 'זירת פיוס' – מדור משותף ל'ynet' ולקרן 'אבי חי'

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