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Una realidad que no verás en la TV

De acuerdo a Natal, el Centro para Víctimas del Terrorismo y la Guerra de Israel, el veintiocho pr ciento de los residentes de Sderot sufren del desorden de estrés post-traumático (PTSD). El 74% de los niños de entre 7 y 12 años en la ciudad, sufren de ansiedad. (Foto y subtítulo: cortesía de The Israel Project)

21 de Febrero del 2008 / 15 Adar I 5768

El 27 de Enero del 2008 la Agencia Judía me pidió llevar a cabo el papel del trabajo social y el de coordinar, para la Agencia, el fondo de ayuda de emergencia para los residentes del área de Gaza y sus alrededores.

Como parte de mi trabajo me encontré con los residentes que han sufrido directamente de alguno de los cientos de misiles Kassam que sido disparados, cada día, sobre esta población. Yo he procurado asistirlos de emergencia con la esperanza de que eso los logre ayudar, hasta cierto grado, a atravesar estos tiempos intolerables que comenzaron en cuanto los misiles cayeron sobre sus hogares.

A lo largo de las últimas dos semanas me he encontrado con gente de todos los sectores de la población, desde los grupos en desventaja socioeconómica – los desempleados, los minusválidos y los ancianos – hasta con educadores, negociantes y profesores universitarios de la tercera edad.

En esta carta quisiera describir la realidad de los residentes de la periferia de Gaza para aquellos suficientemente afortunados que no han tenido que “gozar” de la experiencia de los Kassam.

Lo que se ve desde acá: Esta mañana salí a una visita de rutina a una de las familias a quienes su casa y su espíritu sufrió el ataque directo de un misil Kassam. Esta familia vive en un barrio pequeño al occidente de la pequeña ciudad, llamado Distrito 3.

La mayoría de los misiles Kassam que han sido disparados sobre Sderot, desafortunadamente han caído sobre este barrio.

He escuchado este tipo de historia familiar varias veces antes: “Somos una familia muy fuerte. Nunca hemos necesitado ayuda y, ciertamente, tampoco la hemos buscado. Pero en esta ocasión las cosas son diferentes; sencillamente, ¡ya no lo soportamos más!”

Desafortunadamente para la gente de Sderot, la ansiedad no sale bien en las cámaras; no es fotogénica, no despierta empatía y, particularmente, no tiene sangre que enseñar. Por otro lado, la ansiedad se le mete a uno en las venas y en los más pequeños nervios y, después de que te llega bien adentro, te atrapa, te hace su títere, se vuelve dueña de tu frágil espíritu y no te suelta más.

“Vivir acá es como jugar a la ruleta Rusa,” me dice una madre encendiendo su tercer cigarro. Antes de que esta madre hubiese terminado su frase y antes de que encendiera un cigarrillo más, la “alerta roja” nos asaltó con un tino sarcástico. Todos, histéricos, levantamos la mirada, ellos soltaron lo que traían en las manos y, tres adultos y yo con ellos, corrimos escaleras abajo tan rápido como pudimos a resguardarnos en el cuarto reforzado de la planta baja. El impacto de la explosión sacudió las paredes de la casa.

Me encuentro frente a tres adultos, respirando pesadamente y temblando, intentando sin mucho éxito recobrar sus cabales y volver a su rutina. Unos minutos después dos de ellos vuelven escalando a sus apartamentos, mientras la tercera se queda agazapada en un rincón del cuarto reforzado, temblando ensimismada.

“Está bien,” me dicen, “ella se recuperará; esta es la rutina aquí.” Unos minutos después, una vez que me aseguré de que la mujer realmente se había recuperado y había vuelto a “la seguridad de su hogar”, me encontré fuera de un edificio de departamentos a tan solo dos calles de distancia. Había ahí un gran hoyo negro en uno de los techos. “Está bien,” me dice uno de los vecinos,  “esta vez nadie salió herido.”

Al final del día, mientras estaba retirándome del pueblo de la ruleta, me pregunté si verdaderamente se podría decir que nadie había sido herido. No solo eso; no lograba entender cómo seguían diciendo que “está bien” porque, en mi humilde opinión, no nada más no “estaba bien”; estaba totalmente mal.

No estoy culpando a nadie, y ciertamente no intento ofrecer soluciones a esta compleja e insufrible situación, pero ahora más que nunca, puedo apreciar la fortaleza y la determinación de los “sobrevivientes” que ya no pueden recordar cuando comenzó esta terrible realidad ni, ciertamente, pueden ver señales de algún final.

Sé que votaría por ellos.

Muy sinceramente

Ohad Drori – trabajador social, Fondo de Emergencia, perímetro de Gaza

*Solo fotos de baja resolución están disponibles.


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