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המחלקה לחינוך יהודי-ציוני, חטיבת האופק, תחום ליווי שליחים

א' באייר תשס"ו, 29 באפריל 2006

La discusión teológica sobre Jerusalén
Por David Hartman

El cristianismo, que es más joven que el judaísmo, sostiene su autenticidad y legitimidad con el argumento de que es "el nuevo pueblo de Israel". En una época determinada, Dios amó a Abraham y lo eligió; como resultado de ello, Dios descubrió que había elegido a un pueblo de dura cerviz. Dios dio la Ley a los hijos de Abraham con la esperanza de que los preceptos le ayudaran a educar a los judíos para que fueran un pueblo cuya espiritualidad instaurara el reino de Dios. Ése fue el designio de Dios.

El cristianismo sostiene que el intento de Dios fracasó, y la evidencia de ello radica en que los judíos partieron al exilio: Dios los exilió de la Tierra de Promisión. El cristianismo afirma que, cuando Dios vio que no podía redimir al ser humano con la ayuda de los preceptos, renunció a las difíciles exigencias que había impuesto a los hombres. Por eso, el cristianismo desarrolló una teología nueva, según la cual el amor de Dios, su sacrificio y accionar habría de llevar al hombre a un estado de gracia y a la redención. El apóstol Pablo afirmaba que la Ley era la fuente de la culpa. Las leyes generan un sentimiento de carencia; la plenitud es un desafío que no podemos afrontar. El cristianismo elaboró el concepto de que el amor de Dios redime al hombre, y se autotituló "el nuevo pueblo de Israel", heredero de las particulares relaciones entre Dios y el ser humano. La Iglesia sostenía que "el viejo pueblo de Israel" había muerto, y que su pacto con Dios había sido revocado.

A ojos cristianos, la existencia judía ha dejado de tener un significado espiritual. El cristianismo asigna una importancia suprema a la Biblia, pero hace caso omiso del Talmud, fruto intelectual de milenios de estudio y dedicación espiritual, porque cualquier cosa nacida después de la destrucción del Templo, después de que Dios rechazara al pueblo judío, estaba condenada a ser intrascendente. Así, durante dos mil años, los judíos transitaron las sendas de la historia como un no-pueblo. Los judíos existían, pero toda verdad espiritual les estaba negada.

Cierta vez, cuando enseñaba en el Departamento de Religiones de una universidad canadiense, me preguntaron si creía en el Antiguo Testamento. Respondí: "No, yo creo en el Nuevo Testamento". "Pero usted es rabino, ¿cómo puede creer en el Nuevo Testamento?" Les dije:
"Lo lamento, pero ustedes usan las palabras 'antiguo' y 'nuevo' como expresiones de valor, no como atributos descriptivos. En vuestra concepción, 'antiguo' es algo que alguna vez tuvo valor; pero tal como pueden comprobar, yo no veo a mi Ley como un pacto antiguo, sino como un pacto nuevo y palpitante, que sigue comprometiéndome".

Permítaseme añadir que no se puede captar la identidad judía ni la historia judía sin entender el dolor de la marcha por la historia para demostrar el derecho a la existencia. De manera similar, no se puede entender la vivencia moderna de Jerusalén que ha vuelto a formar parte del estado judío, sin experimentar la dolorosa vivencia de haber transitado los senderos de la historia como hijo ilegítimo a nivel espiritual.

Mientras seguíamos sufriendo, mientras el pueblo judío seguía portando la marca del escarnio por el rechazo manifiesto de Dios, el cristianismo tenía una razón para fundamentar su postura teológica de que era "el nuevo pueblo de Israel", con el que Dios había concertado un nuevo pacto. Pero he aquí que esa grey presuntamente rechazada por Dios resurgía de las sombras de la historia para instalarse en el campo visual del mundo y decir: "¡Mírenos, estamos aquí, ciertamente estamos vivos!"

El cristianismo dice: "¿Qué hacen? ¡Ustedes no tendrían que estar aquí!"
En cierto sentido, el cristianismo puede aceptar la existencia del pueblo judío en Tel Aviv, puede interpretar el trémulo crecimiento de la ciudad como un desarrollo secular; se puede tolerar a Tel Aviv en su carácter de producto sionista, secular y nacional. Pero cuando los judíos retornaron a Jerusalén, cuando la ciudad se reunificó después de la Guerra de los Seis Días y los judíos desbordaron las calles de la ciudad santa con su presencia física, la teología cristiana se vio ante un hecho indigerible: el judaísmo había regresado a la historia como una fuerza viva.

En algunas ocasiones pienso que quienes más han aportado al diálogo entre judíos y cristianos no han sido los filósofos y los teólogos, sino los judíos vivos y palpitantes en las calles Jaffa y Ben Yehuda. Con nuestra mera presencia física, los judíos imponemos un diálogo de confrontación con el cristianismo. Las calles estrechas y bulliciosas transmiten un mensaje espiritual: obligamos al cristianismo a revisar su teología. No se nos puede reducir a una definición intangible fijada por el cristianismo.

En Jerusalén proclamamos que somos una nación viva, una realidad concreta con la que la teología cristiana debe confrontar. Esta confrontación es importante porque es el símbolo del Reino de Dios en la tierra, de la relación entre Dios y la humanidad. Cuando los judíos no estaban en Jerusalén, el cristianismo podía negar el auténtico valor espiritual del judaísmo; pero ahora constituimos una presencia viva en Jerusalén, y el cristianismo debe enfrentarse a una fe viva y reconsiderar su teología.

Está clara la razón por la cual, en esta confrontación profunda y difícil, el cristianismo pone de manifiesto un rechazo consciente y visceral a permitir que Jerusalén sea judía, porque la Jerusalén judía simboliza el retorno de una nación viva cuya identidad no se basa sólo en las persecuciones y el antisemitismo, sino en una memoria histórica justa y en un conglomerado de sueños e ideales sobre el futuro del judaísmo. Jerusalén proclama que el judaísmo, y no sólo los judíos, ha vuelto a la historia de manera tangible. Esta declaración ha conmovido, y sigue conmoviendo, los cimientos sobre los que se basa el supuesto de que la Ley judía es el Antiguo Testamento.

También el mundo islámico descubre que resulta muy difícil aceptar el hecho de que los judíos han vuelto a Jerusalén y tienen la intención de quedarse allí. El enérgico reclamo de los países árabes de que Jerusalén no sea una ciudad judía proviene de una serie de razones emocionales y políticas, mutuamente relacionadas. En principio, se niegan a admitir el derecho de los judíos a vivir en el Medio Oriente. El mundo árabe sostiene que los judíos son un cuerpo extraño traído al Medio Oriente a raíz del Holocausto. Puesto que los árabes no tienen relación con el Holocausto en Europa, no tienen que soportar la carga de los judíos europeos que "invadieron" su tierra a raíz de aquella tragedia. Para los árabes, Israel es un instrumento en manos del imperialismo occidental, una creación de la ONU y Occidente, que se sentía culpable ante los judíos. Por eso los judíos son extranjeros en Israel, y por eso se puede hacer caso omiso de ellos. Aun después de las resonantes victorias en estos 26 años pasados, los árabes siguen rehusándose a entablar tratativas directas con Israel.

Si los árabes aceptaran una Jerusalén judía, estarían reconociendo que los judíos no son una importación del siglo XX al Medio Oriente. Admitir el reclamo judío sobre Jerusalén implica reconocer el retorno judío a Israel, no como un fenómeno posterior al Holocausto sino como la concreción de un sueño dos veces milenario.

¿En qué se basa la presencia de los judíos en Jerusalén? En los dos mil años de haber repetido la frase "el año que viene en Jerusalén"; no "el año que viene en Tel Aviv" ni "el año que viene en Haifa", sino "el año que viene en Jerusalén".

Año tras año, en la noche del séder los judíos evocaban su pasado histórico y soñaban con ideales de esperanza: estar el año próximo en Jerusalén. Este sueño tenía el poder suficiente para mantenerlos como un grupo vivo a lo largo del tiempo y en todos los confines del mundo. No nos equivoquemos: Israel no es la creación de Biniamin Zeev Herzl, Haim Weizmann, el sionismo del siglo XX, el Holocausto o la ONU; Israel es la creación de cientos de generaciones de madres judías que enseñaron a sus hijos a soñar con Jerusalén. El sionismo es la decisión consciente del pueblo de convertir ese sueño en realidad.

Hoy en día, el judío encuentra en Jerusalén sus sueños y su identidad histórica. Sin Jerusalén, el judío carece de pasado y de memoria histórica. El pasado proporciona las raíces de la identidad judía en el presente y el florecer de sus sueños en el futuro.
Cada vez que un judío se acerca al Muro de los Lamentos y toca las grietas entre esas piedras antiguas, se ve con más de dos mil años a cuestas. Jerusalén le dice al pueblo judío dónde se encuentran sus raíces. En los ocasos jerosolimitanos el pueblo judío reconoce su edad y remoza su juventud.

Si los países árabes reconocieran los reclamos judíos sobre Jerusalén, llegarían a un acuerdo; no con extranjeros, sino con una nación arraigada en su tierra.
Este reconocimiento impondrá el desarrollo de un nuevo entendimiento entre árabes y judíos. Ésta es la razón por la cual los reclamos judíos sobre Jerusalén se basan en un problema complejo para los países árabes y el mundo islámico, al tiempo que generan la posibilidad de un encuentro auténtico entre ellos y los judíos.

El artículo "La discusión teológica sobre Jerusalén" es una traducción abreviada del artículo en inglés del Rabino David Hartman, traducido al hebreo por el Dr. Abraham Shafir y publicado por primera vez en Daf letarbut yehudit n° 71, Ed. de la Sección de Educación Religiosa del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes, 1977.

El Prof. David Hartman es rabino y filósofo de la vertiente liberal del judaísmo ortodoxo. Creció en los Estados Unidos, estudió en la academia rabínica Lakewood de la corriente lituana ultraortodoxa y posteriomente en la academia rabínica "Rabino Yzhak Elhanan" de la Yeshiva University. Fue discípulo del Rabino Yosef Soloveitchik, quien lo ordenó rabino, y ejerció su rabinato en congregaciones ortodoxas en América del Norte. Después de la Guerra de los Seis Días concretó su aliá a Israel y fundó el Instituto Shalom Hartman en Jerusalén. Durante muchos años fue profesor de Pensamiento Judío en la Universidad Hebrea. 


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